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La Coctelera

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11 Febrero 2012

Cuatro poemas de Ted Hughes [Versión: MMF]

UN SUEÑO


Tu peor sueño

Se hizo realidad. Esa llamada al timbre de la puerta:

No una mera probabilidad en un billón

Sino un meteorito que caía por nuestra chimenea

Con nuestro nombre grabado.


No sueños, había dicho yo, sino estrellas fijas

Rigen la vida. Un ansia del ser entero,

Inexorable, como quien duerme jala

Aire a sus pulmones. Tenías que levantar

Una pulgada la tapa del ataúd.

¿En tu sueño o en el mío? Un extraño buzón.

Sacaste el sobre. Era

Una carta de tu padre. “He regresado.

¿Puedo quedarme contigo?” No dije nada.

Para mí una petición era una orden.


Luego vino la Catedral.

Chartres. De algún modo debíamos ir a Chartres.

No era la primera vez para ti.

Tan sólo recuerdo

Una jarra bretona. La llenaste

Con todo lo que teníamos. Hasta el último franco.

Dijiste que era para tu madre.

Vaciaste nuestro oxígeno

En esa jarra. Chartres

(Recuperé esto)

Pendía sobre tu rostro como una mantilla

Ennegrecida, una tracería de carbón:

Como después de una tormenta de fuego. Igual que una monja

Cuidaste lo que quedaba de tu padre.


Vertiste nuestras vidas de esa jarra

En su café matinal. Luego la rompiste

En pedazos, en toscas estrellas,

Y se las diste a tu madre.

“Y para ti —me dijiste—, permiso

Para recordar este sueño. Y pensar en él.”



EL MINOTAURO


La tabla de la mesa de caoba que rompiste

Había sido el ancho tablón superior

Del armario legado por mi madre:

Surcado por las cicatrices de mi vida entera.


Se venció bajo el martillo.

Aquel día blandiste un alto banco

Enloquecida por mi retraso

De veinte minutos para cuidar a los niños.


“¡Espléndido! —grité—. Adelante,

Rómpela en mil pedazos.

¡Eso es lo que estás omitiendo en tus poemas!”

Y después, obsequioso y más tranquilo:


“Dale ese ímpetu a tus versos

Y lo habremos logrado.” En la honda caverna de tu oído

El duende tronó los dedos.

¿Qué le había dado yo?


El sangriento extremo de la madeja

Que deshilachó tu matrimonio

Dejó a tus hijos resonando

Como túneles en un laberinto,


Llevó a tu madre a un callejón sin salida

Y te condujo a la tumba

Cornuda y rugiente de tu padre resucitado

Con tu propio cadáver dentro.



LADRÓN DE MÍ MISMO


Atravesé la nieve: la nieve densa,

La nieve endurecida y lustrosa,

Deslizándome por la A-30, doscientas millas,

La carretera extraña aunque familiar,

Un camino de regreso a mí

Al cabo del desastre cósmico:

La peor nevada en quince años,

Veinte millas por hora sobre un cielo caído.


Llegué a la casa

En el crepúsculo azulado de diciembre.

Había luz suficiente sólo

Para sacar mis papas, para separarlas

De su lecho pulcro. Las despojé de su nívea colcha.

Parecían casi tibias en medio de la paja.

Exhalaban la bondad

De los anhelos que había enterrado en ellas. Era un nido

Secreto, vivo, los huevos de mi año próximo,

Mi propia y rolliza basura, mi familia ignota,

Pequeños embriones terrosos, pequeños puños

Y frentes arrugadas y el nuevo, ancestral olor a sueño de la tierra.


Recolecté mis manzanas,

Mis Victorias, mis Pig’s Noses,

Mis obesas Bramleys, en el sombrío anexo de la casa.

Mis plegarias de primavera sólidas aún,

Mi verano intacto a pesar de todo.

Llené para ti

Un saco de papas y un saco de manzanas.


En el granero polvoriento

Examiné mis bulbos de gladiolo,

Hibernando en sus resecos harapos

(Ignoraba que se morían de frío).


Luego, furtivamente, recorrí la casa. Nunca supiste

Que escuché nuestra ausencia

Como un intruso fantasmal, ni que un perverso regocijo

Me asaltó en el corredor de mosaicos, en el ocaso níveo y azulado

Tan exacto y frágil como un zafiro oscuro.

La sala de estar, nuestro refugio carmesí,

Con nuestras repisas blancas, nuestros libros pacientes,

El desvencijado escritorio de nogal que me costó seis libras,

La silla victoriana de tela de crin que obtuve por cinco chelines,

Nos aguardaba sólo a nosotros. ¡Era tan extraño!

La cascada enrojecida de nuestra escalera Wilton

Llevaba a un silencio cavernoso del siglo doce

Que apenas habíamos perturbado con nuestra juventud.

Estar ahí, al pie de la escalera, escuchando

Bajo el peso níveo de la casa,

Era como oír la soñolienta vida cerebral

De un bebé nonato.


La casa había adquirido un nuevo valor para mí

Gracias a tus últimas semanas solitarias dentro de ella, gracias a tu llanto.

Pero era dulce de tan limpia,

Hermética como un cofre afelpado

En una caja fuerte

En el crepúsculo decembrino. Y, cubiertas por ramas invernales,

Las coloridas ventanas de iglesia brillaban

Como si el sol se hubiera hundido ahí, dentro del templo.


Escuché mientras me exiliaba de la casa

(Me esperaba un regreso helado y tortuoso de doce horas).


Por un rato, como a través de la cerradura, escudriñé

El interior de mi cofre sombrío, silencioso, indemne,

Del que (lo ignoraba)

Ya había perdido el tesoro.



LIBERTAD DE EXPRESIÓN


En tu sexagésimo cumpleaños, a la luz del pastel,

Ariel se sienta en tu nudillo.

Le das de comer uvas, primero una negra, luego una verde,

De entre tus labios fruncidos en un beso.

¿Por qué eres tan solemne? Todo mundo ríe


Como agradecido, la reunión entera:

Amigos viejos y nuevos,

Algunos autores famosos, tu corte de mentes brillantes,

Y editores y doctores y maestros,

Sus ojos entrecerrados por una risa satisfecha:


Hasta las amapolas muertas ríen, una pierde un pétalo.

Los cabos de las velas tiemblan

Intentando contener su júbilo. Y tu madre

Ríe en su asilo de ancianos. Tus hijos

Ríen desde lados opuestos del globo. Tu padre


Ríe en su ataúd profundo. Y las estrellas,

Sin duda también las estrellas se estremecen de risa.

Y Ariel,

¿Qué pasa con Ariel?

Ariel está feliz de hallarse aquí.


Sólo tú y yo no sonreímos.


[La historia es conocida: temprano en la mañana del 11 de febrero de 1963, la poeta estadounidense Sylvia Plath (1932), autora de al menos un clásico de las letras anglosajonas (Ariel), entró en el dormitorio de sus hijos con sendos vasos de leche; luego bajó a la cocina, selló herméticamente puertas y ventanas, abrió las llaves del gas y metió la cabeza en el horno. Su suicidio, motivado al parecer no sólo por la disolución de su matrimonio con el poeta inglés Ted Hughes (1930-1998), sino también por el terrible fantasma de su padre prusiano —muerto cuando ella tenía ocho años— y por las cicatrices legadas por un intenso tratamiento de electrochoques, la erigió en mito instantáneo y en bandera enarbolada por las feministas más rabiosas, quienes se empeñaron en borrar de su lápida el apellido de Hughes, al que hasta la fecha se le sigue culpando de asesinato y traición ya que abandonó a Plath por otra mujer que —tremendas ironías del destino— terminaría suicidándose a su vez, inspirando uno de los mejores títulos del escritor: Cuervo. “Pese a la provocación —relata A. Álvarez, autor de La noche—, Hughes guardó silencio. Desde la muerte de Plath se convirtió en el poeta laureado de Inglaterra —el primer poeta mayor que tuvo el puesto desde Tennyson— y publicó una docena de poemarios y cinco volúmenes de prosa, así como antologías y varios libros infantiles. Pero escribió muy poco sobre su esposa y nada acerca de su vida juntos, y se rehusó a hablar con biógrafos, académicos y periodistas.” Finalmente, al cabo de más de tres décadas, Hughes decidió romper ese silencio con un magnífico y doloroso poemario autobiográfico que —apunta Álvarez— “se deja leer como una novela”: Birthday Letters, publicado por Faber and Faber en Londres en 1998, pocos meses antes de la muerte de su autor. En 1999 la editorial Lumen lanzó el libro en español en traducción de Luis Antonio de Villena; ahora ofrezco las versiones alternativas de cuatro de los ochenta y ocho poemas que componen el volumen. En la fotografía que ilustra esta entrada aparecen, extrañamente luminosos, Ted Hughes y Sylvia Plath durante su luna de miel en París en 1956.]

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Ciudad de México, México
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Mauricio Montiel Figueiras (1968) es narrador, ensayista y traductor mexicano. Entre sus libros más recientes se encuentran "La penumbra inconveniente" (2001), "La piel insomne" (2002), "Terra cognita" (2007), "La brújula hechizada. Algunas coordenadas de la narrativa contemporánea" (2009) y "Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura" (2010). En Twitter: @Elhombredetweed.

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